Una de las cosas más complicadas
para cualquier persona es definir el amor. Cuando nos preguntan sobre el amor
hablamos de deseo, de querencia, de sentimientos, de parejas, de padres, de
hijos y hasta de abejitas y flores, pero muy difícilmente llegamos a una
definición universal porque el amor es un concepto tan etéreo, tan
indescriptible como el sabor de una Coca-Cola, como el placer de un beso o como
el humor de Woody Allen. De hecho, el humor de Woody es un poquito más
indefinible que el amor, no por ser él quien lo hace sino porque es humor, y el
humor es tanto o más indefinible que el amor.

Un niño le mete un chicle a la boca a un perro, el perro pasa el chicle de un lado a otro, mueve la boca, los dientes, trata de escupir y en tanto lo hace parece que estuviera hablando, tú te ríes, la situación es graciosa, es cómica, pero definitivamente no es humorística. La diferencia está en lo que hay detrás de la situación. El humor resulta a partir de un ejercicio del pensamiento. Nace de un proceso metódico, de un desafío impuesto por el humorista a la lógica del espectador, quien resuelve desde el inconsciente lo que no puede resolver desde la razón.
El uso del humor implica que
quien hace buen uso de sus virtudes tenga a bien reinterpretar la realidad a
partir de la observación de detalles que escapan de las miradas someras. Esa reinterpretación nos lleva a ir un paso
más allá de la mera enumeración de sucesos hilarantes. Podría decirse que el
humorismo, a diferencia de la comicidad plantea la existencia de un metatexto[1],
una reflexión crítica que se vislumbra, incluso sin necesidad de ser enunciada.
Podría decirse que todo lo humorístico
es cómico en tanto que, como ya lo señalé, no todo lo cómico es humorístico. No
se requiere hacer un ejercicio del pensamiento crítico para contar un chiste, pero
sí para crearlo y convertirlo en un dardo de la razón. Bajo esa premisa, quienes
escenifican el humor no son necesariamente humoristas y quienes lo crean no
necesariamente son comediantes[2].
Para ejemplificar esta afirmación puedes pensar en alguien que ejerce el oficio
de contar chistes. Es altamente probable que en su repertorio él tenga los
mismos chistes populares que cuentas tú, o los que cuenta el tío chistoso de tu
familia, con la diferencia de que el cuentachistes cobra por contarlos.
El chiste popular va de boca en oído y de oído en boca[3], crece, se transforma y se perpetúa como tradición. Nuestro cuenta chistes puede contar chistes populares con la obvia intención de ocasionar risa en sus oyentes. Puede que haya una virtud nemotécnica, lingüística e histriónica, pero en el acto de contar chistes no es un ejercicio del pensamiento, de la retórica o de la crítica, como tampoco lo es la recopilación de memes, rutinas ajenas y frases célebres que algunos “comediantes” pretenden pasar como “monólogos” de su autoría[4].
Ahora bien, no te engañes pensando que desvirtúo el chiste popular. Por el contrario, lo valoro como creación colectiva y aprecio la capacidad interpretativa de quienes lo cuentan bien contado, sin aspavientos ni etiquetas, como los contaba tu tío, mi madre o el chófer del bus que te llevaba a la escuela.
Sin más me despido por esta semana invitándoles a leer mis otras anotaciones y a conocer más de mí en mi fan page:
El chiste popular va de boca en oído y de oído en boca[3], crece, se transforma y se perpetúa como tradición. Nuestro cuenta chistes puede contar chistes populares con la obvia intención de ocasionar risa en sus oyentes. Puede que haya una virtud nemotécnica, lingüística e histriónica, pero en el acto de contar chistes no es un ejercicio del pensamiento, de la retórica o de la crítica, como tampoco lo es la recopilación de memes, rutinas ajenas y frases célebres que algunos “comediantes” pretenden pasar como “monólogos” de su autoría[4].
Ahora bien, no te engañes pensando que desvirtúo el chiste popular. Por el contrario, lo valoro como creación colectiva y aprecio la capacidad interpretativa de quienes lo cuentan bien contado, sin aspavientos ni etiquetas, como los contaba tu tío, mi madre o el chófer del bus que te llevaba a la escuela.
Sin más me despido por esta semana invitándoles a leer mis otras anotaciones y a conocer más de mí en mi fan page:
[1] La
tercera forma de trascendencia textual expuesta por Genette, un tipo de texto
que habla de otro. Por ejemplo, este comentario, el cual hace referencia al
texto que estabas leyendo y mediante el cual te aclaro que sí, que el perro masticando chicle puede ser más gracioso que tú, pero no más inteligente... creo.
[2] Este planteamiento, como todos los que realizo en este blog, es sujeto a discusión, por ejemplo el investigador Pepe Pelayo plantea algo distinto al respecto. http://humorsapiens.com/articulos-y-ensayos-de-humor/que-es-un-comediante-es-lo-mismo-que-ser-humorista
[3] Aunque la convención de la Unesco para la salvaguarda del patrimonio inmaterial no lo menciona, el chiste popular es una manifestación de la cultura oral y se rige por las mismas dinámicas de continuidad de otras tradiciones.
[2] Este planteamiento, como todos los que realizo en este blog, es sujeto a discusión, por ejemplo el investigador Pepe Pelayo plantea algo distinto al respecto. http://humorsapiens.com/articulos-y-ensayos-de-humor/que-es-un-comediante-es-lo-mismo-que-ser-humorista
[3] Aunque la convención de la Unesco para la salvaguarda del patrimonio inmaterial no lo menciona, el chiste popular es una manifestación de la cultura oral y se rige por las mismas dinámicas de continuidad de otras tradiciones.
[4] Era
inevitable, este texto estaba demasiado serio como para terminarlo sin lanzar
un palo de ciego.
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