Pese a lo que puedan hacernos
pensar los fanáticos religiosos, Dios es en verdad divertido. De hecho, puede
sonar a blasfemia, pero pienso que en verdad este mundo y sus criaturas somos
una gran broma divina. Los judíos de la antigüedad no pensaban lo mismo que yo.
De hecho, en el Tanaj (el Antiguo Testamento de la cristiandad) se hace
diferencia entre dos formas de risa. Una risa viene de la gracia divina. Es una
risa que surge como manifestación de la felicidad que implica el ser observado
por Dios. La otra es la que surge cuando nos burlamos del otro. Esa es
considerada como un pecado. Ahí entonces aparece algo aterrador. El Dios del
Antiguo Testamento le gustaba hacer chistes pero no que los demás los hicieran.
Sé que lo que acabo de afirmar
puede sonar fuerte pero en todo el Antiguo Testamento están las pruebas de mi
afirmación. En principio, no hay uniformidad acerca del nombre de Dios. Le han
dado tantos nombres que uno ya se pierde tratando de mencionarlo. Yahveh, Yahvé,
Jehová, Jehovah, Iehoua, Adonay, Elohim, y unas treinta versiones adicionales
del nombre de Dios. Quería saber que podía sentir Dios mientras confundía con
su nombre a los mortales, así que pasé cinco veces al día, durante un mes, por cinco
sucursales distintas de Starbucks, donde pedía un café y cuando me preguntaban
el nombre les daba tres versiones distintas: Bryan (como el Brayan), Azrael
(como el arcángel de la muerte) y Enli (como el dios sumerio). Los resultados
fueron notorios:
Cuando decía que me llamaba Bryan
invariablemente escribían Brayan en el vaso y cuando me llamaban a la barra de
café la gente me miraba con miedo. Cuando decía que me llamaba Azrael escribían
en el vaso cualquier cosa con cualquier ortografía: Israel, Ismael, Asnael,
Asrael. Cuando por fin alguien acertó el nombre me miró, sonrió y me dijo:
¡cómo el gato de Gargamel! En cambio, cuando dije llamarme Enlil nadie me
preguntó que si era el mismo Yahveh de los judíos. Es que parte del sentido del
humor de Dios era cambiarse el nombre según el local donde se presentaba.
Ahora, las bromas de Dios eran
medio pesadas. Por ejemplo poner a Abraham a matar a su hijo y a última hora
salirle con que no, es un chiste bien pesado. O sacar a Lot de
Sodoma y luego convertir
a su esposa en estatua de sal por voltear a mirar. Esa broma ya fue pesada. De hecho,
el solo acto de plantar un árbol en el Edén y decirles que no prueben la fruta
ya es demasiado. El Dios de los judíos, el del Antiguo Testamento
definitivamente tenía sentido del humor, un poco retorcido, pero lo tenía.
Un par de párrafos más arriba
afirmé que a Dios le gustaban los chistes propios pero no los ajenos. De hecho,
este párrafo del Génesis nos da luces respecto a los shows que organizaba Dios
en tiempos de los patriarcas bíblicos: Y
dijo Sara: Dios me ha hecho reír; cualquiera que lo oiga se reirá conmigo.[1]
La cosa es que nadie más andaba contando chistes en esa época. De hecho, si
te reías del chiste de otro Dios te podía castigar. Los chistes de calvos por
ejemplo eran penados con la muerte, tal como se evidencia cuando unos niños se
burlaron de la alopecia de Elíseo y Dios hizo que dos osos los mataran (42
niños por un chiste)[2].
Podría profundizar más acerca del
sentido del humor de Dios, imaginarlo por ejemplo en tiempos modernos con un micrófono diciendo: Buenas noches, me
llamo Yahveh y mi mayor problema es que yo soy mi padre. Eso no es nada, logré
convencer a todos que el hijo de Dios era mi hijo. Eso debería dar risa, ya si
no se ríen veré la forma de que les llueva fuego del cielo partida de
gomorreos. Gracias por esos aplausos.

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